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18th of October 2018

Moralidad



Los escándalos de Juan XXIII y Pablo VI

Hablar de las fechorías de los papas conciliares anteriores a Bergoglio a fieles cada vez más adoctrinados en la neopastoral del Concilio Vaticano II se puede comparar sin exageración a una empresa suicida: sabemos bien que en los tiempos que corren es poco menos que imposible impedir que la anestesia conciliar tenga efecto en el ánimo de tantos fieles que, por poco ingenuos que sean, han terminado por inmunizarse para no plantearse preguntas que los lleven a indagar la verdad.

Por añadidura, existen los tontos útiles que se erigen en paladines de la Tradición y al mismo tiempo también del Concilio que se convocó para demolerla. No vacilan en afirmar –incluso sin ruborizarse– cuánto se distancian los pontífices del Concilio del papa Bergoglio (aunque éste se inspire, como él mismo ha reconocido, en ese mismo Concilio). Intenten explicar a estos genios que en realidad aquellos pontífices fueron mucho peores que el argentino porque pusieron en marcha y promovieron todos los desbarajustes que el actual pontífice ha llevado a su culminación. No se avendrán a razones. Y no porque no entiendan, sino porque no quieren entender.

La causa de una mentalidad tan enceguecida no vienen al caso; cada uno dará cuenta a Dios de sus propias decisiones y sus actos. Lo que deja estupefacto es el ardor con que se empeñan en ajustar la verdad a un sentido distorsionado de la realidad induciendo así a error a incontables fieles ingenuos.

No se puede menos que pensar que para estos genios el papa Francisco, por lo que Bergoglio, muchos de cuyos actos son tan indefendibles por su gravedad y por la forma tan grosera con que  se imponen, les ha caído del cielo como el maná y marca un antes y un después en la historia de la Iglesia. Por fin han encontrado un chivo expiatorio para sus bochornos y para los escándalos habidos en la Iglesia, y no han querido verlos ni mucho menos denunciarlos, aunque dichos escándalos, causados por sus intocables pontífices, hayan sofocado lo que es indispensable para la salvación del alma: la Fe.

Para ellos, a pesar de todo, es mejor una Iglesia llena aunque con un clero ambiguo, impreciso, por no decir desviado… El padre Pío, por el contrario decía:  «¿La Iglesia? Mejor vacía que llena de diablos». Se dirá que son opiniones. Pero algo nos dice que sabía más el padre capuchino que tantos Soccis, Introvignes y todos los profesores e intelectuales que usted quiera, siempre dispuestos a llevar agua a quien sigue envenenándola.

Si tenemos en cuenta, por ejemplo, la postura de algunos cardenales y obispos que están considerados paladines de la ortodoxia católica, como Burke, Negri, Crepaldi, Sarah o Schneider… les veremos en a los papas entonar alabanzas a los papas conciliares de Juan XXIII y Pablo VI para acá. Dos pontífices cuyos nombres permanecen indisolublemente ligados por haber sido ambos defensores del catastrófico Concilio Vaticano II, vivamente deseado e iniciado por el primero y solícitamente llevado a término por el segundo.

Es necesario, por tanto, esforzarse por plantearse preguntas incómodas e improrrogables, por dolorosas que sean, en vista del estado en que se encuentra la Iglesia de Nuestro Señor: ¿cómo se puede ensalzar como modelos a quienes desencadenaron la destrucción del catolicismo?

La apostasía de un clero cada vez más arrogante merece ser como mínimo desenmascarada, y desde luego no expresando opiniones personales sino lo que dijeron los propios pontífices preconciliares que en su día previnieron de lo que constituía un grave peligro para la Iglesia y que se materializaría poco después: el Concilio Vaticano II, es decir, el intento de destruir el Magisterio perenne creando una nueva iglesia.

No cabe la menor duda de que Juan XXIII y Pablo VI son los responsables de esta tragedia. Dos papas muy diferentes en cuanto a personalidad pero unidos por un mismo objetivo: transformar la Iglesia.

El primero, de carácter bonachón y simpático, extrovertido y astuto diplomático; el segundo, tímido y de aspecto triste, casi oprimido por su propia introversión. Muy diferentes y al mismo tiempo muy unidos.

Se sabe ciertamente de la estrecha amistad que los unía, hasta el punto de que en una carta del pontífice bergamasco al entonces cardenal Montini fechada el 4 de abril de 1961 encontramos una confesión que deja boquiabierto: «Debería escribirles a todos los obispos, arzobispos y cardenales pero, entendiéndose que es a todos, me contento con escribir al arzobispo de Milán, ya que con él los llevo a todos en el corazón, así como él los representa para mí a todos». [Hebblethwaite, Giovanni XXIII. Il Papa del Concilio, p.485]

Tanta amistad está justificada por la común complicidad en conducir a la Iglesia al terreno minado del falso ecumenismo, condenado no sólo por Pío XI en la encíclica Mortalium animos, sino también por Pío XII, que advirtió: «[Los obispos] velarán asimismo no sea que con el falso pretexto de que hay que dar más importancia a lo que une que a lo que separa se fomente un peligroso indiferentismo».[Acta Apostolicae Sedis 42-0950-142-147].

Palabras caídas en saco roto si tenemos en cuenta el discurso pronunciado por Roncalli cuando tomó posesión del cargo de Patriarca de Venecia en la basílica de San Marcos el 15 de marzo de 1953: «Me preocupo siempre más de lo que une que de lo que separa y es causa de controversia». Concepto que recalcó su amigo Montini que, ya como Pablo VI, lo confirmó en su encíclica Ecclesiam suam: «Con gusto hacemos nuestro el principio: pongamos en evidencia, ante todo tema, lo que nos es común, antes de insistir en lo que nos divide».

Tenían, además, la idea de que todo seguidor de las otras religiones era grato a Dios como el cristiano, porque aceptaban en todo el llamado cristianismo anónimo del jesuita Karl Rahner (auténtico tótem de la iglesia vaticanosegundista), que sostenía que incluso quiene no cree en Cristo sería verdaderamente cristiano.

Si nos fijamos bien, este principio es diametralmente opuesto a lo que predicó San Juan apóstol: «Si viene alguno a vosotros y no trae esta doctrina, no le recibáis en casa ni le saludéis. Porque quien le saluda participa en sus malas obras» (2 Jn, 9-10).

Que con estos dos pontífices se produjo un cortocircuito con el Magisterio de la Iglesia lo confirma también la encíclica Quas primas de Pío XI (6 de diciembre de 1925), que dice lo siguiente sobre la realeza social de Cristo: «La peste que hoy inficiona a la humana sociedad (…) Juzgamos peste de nuestro tiempo al llamado laicismo, con sus errores y abominables intentos».

También en este caso la doctrina cayó en saco roto: cuando Roncalli era delegado apostólico en Turquía, el futuro papa respondió al subsecretario de relaciones exteriores turco, que reivindicaba la laicidad del Estado: «La Iglesia se guardará bien de socavar o discutir esa laicidad». Lo mismo que hizo su sucesor Pablo VI.

Juan XXIII y Pablo VI, siempre unidos y siempre resueltos a levantar una Iglesia puesta al día, hoy llamada conciliar. Una iglesia en la que el modernismo estalló con tal violencia que aún sigue tronando en todas partes y en casi todas las parroquias agrupadas en la neorreligión conciliar, pagando los fieles las consecuencias con el continuo lavado de cerebro a que son sometidos por el clero conciliar.

Todo ello por culpa de la actividad política izquierdista que el papa Roncalli, en plena sintonía con el entonces monseñor Montini, tejía a diestra y siniestra una serie de conciliaciones con el mundo secularizado que habían sido siempre condenadas por el Magisterio perenne de la Iglesia. No es de extrañar que todo el edificio levantado por la Iglesia para contrarrestar el mal fuera gradualmente desmantelado por los dos papas del Concilio Vaticano II.

Juan XXIII, aclamado como el papa bueno, lo que hizo fue abrir las puertas de la Iglesia a la síntesis de todas las herejías, como lo definió en la encíclica Pascendi Domenici gregis en santo papa Pío X: el modernismo. Éste fue el primer golpe asestado contra Nuestro Señor, derribando una de las dos columnas sobre las que se apoya la Iglesia: la Doctrina.

De derribar la otra columna, la Liturgia, se encargó Pablo VI.

Montini comenzó por suprimir mediante la instrucción Inter oecumenici 48§1, la oración que rezaban al final de cada misa el celebrante y los fieles postrados de rodillas a la Virgen y a San Miguel, príncipe de los ángeles (¡auténtico exorcismo redactado por S.S. León XIII tras ver en una visión que en el futuro la Iglesia sería atacada por el demonio!)

Conviene destacar que el Padre Pío no estaba en modo alguno de acuerdo con tal decisión de Montini (como es sabido, ni siquiera había tenido buenas relaciones con Roncalli), y continuó rezándola hasta que murió en 1968.

A raíz de ello, la Misa que siempre había celebrado la Iglesia fue sustituida por una nueva celebración: el 3 de abril de 1969 el papa Pablo VI, por la constitución apostólica Missale romanum, introdujo novedades radicales en el modo de celebrar la Misa: el Novus ordo Missae. Es decir: teniendo en cuenta las barbaridades a las que ha dado carta de ciudadanía, es lo más alejado que pueda haber de la Misa verdadera instituida por Cristo.

De ahí la resistencia de tantos sacerdotes santos y valientes –entre los que se cuenta monseñor Lefebvre– para los cuales el único motivo válido que puede tener un católico para resistirse a la autoridad de la Iglesia es la Fe.

En concreto, por lo que atañe a la liturgia, sólo la fe puede motivar el rechazo del nuevo rito de la Misa, y la razón fundamental por la que ningún sacerdote ni fiel puede aceptar el Novus Ordo es precisamente porque «representa, tanto en su conjunto como en sus detalles, una notable desviación de la teología católica », como pusieron de relieve los cardenales Bacci y Ottaviani (Breve examen crítico del Novus Ordo Missae, dirigido en 1969 a Pablo VI).

Semejante apartamiento de la teología católica es fruto de un acercamiento, deseado y consentido, a la doctrina y la liturgia protestante, como declaró el propio Pablo VI al instaurar el nuevo rito: «El esfuerzo solicitado a los hermanos separados para que se reencuentren debe corresponderse con el esfuerzo, igualmente mortificante para nosotros, de purificar la Iglesia romana en sus ritos para que se vuelva deseable y habitable» (J. Guitton, Pablo VI secreto, Ediciones Encuentro.)

De hecho, como es sabido, Pablo VI pidió a seis pastores protestantes que formaran parte de la comisión encargada de elaborar la nueva Misa. Uno de ellos, Mark Thurian, de la comunidad de Taizé, declaró con motivo de la publicación del nuevo misal: «Esta Misa renovada no tiene nada que pueda molestar verdaderamente a los protestantes evangélicos» (M. Thurian, en La Croix, 30 de mayo de 1969).

El resultado ha sido que lo largo de los años la Iglesia Católica se ha ido protestantizando poco a poco. Y otro motivo de esa protestantización es que el Santo Oficio, que se creó para contrarrestar la herejía luterana (en 1542) y hacia el que está comprobado que Juan XXIII sentía repulsión (!) duró hasta Montini (1964), que lo desmanteló.

Monseñor Lefebvre, defensor de la tradición de la Iglesia, nos dejó estas palabras: «Es indudable (…) que debemos combatir las ideas que están de moda en Roma y expresa el Papa. Las combatimos porque no hacen otra cosa que repetir lo contrario de lo que han declarado y enseñado solemnemente los papas durante siglo y medio. Entonces, hay que elegir. Es lo que le dije a Pablo VI. Nos vemos obligados a escoger entre vosotros, los del Concilio, y vuestros predecesores. ¿A quién hay que dirigirse? ¿A los predecesores que afirmaban la doctrina de la Iglesia, o a las novedades del Concilio Vaticano II que vosotros habéis confirmado?»

Es la pregunta que interpela la conciencia de todo fiel que quiera seguir siendo católico. Y es la pregunta que nos plantea el Señor: «El Hijo del Hombre, cuando vuelva, ¿hallará fe en la Tierra?» (Lc. 18,8).

(Traducido por Bruno de la Inmaculada. Artículo original)

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